Comulgamos con Él
La hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque también el Padre tales adoradores busca que lo adoren. (Juan 4:23)
En tiempos del Antiguo Testamento el culto a Dios se centraba primordialmente en los ritos sacrificiales, la ofrenda de animales como medio de obtener el perdón de los pecados y a la vez como manifestación de gratitud y alabanza a Dios. A partir de la época de Moisés dichos sacrificios se celebraban en el tabernáculo y posteriormente en el templo de Jerusalén, el lugar en que Dios habitaba con Su pueblo.
El Nuevo Testamento nos enseña que el rito sacrificial perdió su vigencia una vez que Jesús ofrendó Su vida por nosotros en un solo sacrificio válido para todos los tiempos y que por lo tanto ya no es necesario realizar ningún otro sacrificio en aras del perdón de los pecados y la reconciliación con Dios.
Como Jesús le explicó a la samaritana, la adoración no está ya vinculada a un lugar determinado como lo estuvo en otros tiempos; ahora se basa en la relación entre el adorador y Dios, una relación hecha posible gracias a la muerte y resurrección de Cristo. Llegó la hora en que Jesús hizo de enlace entre Dios y la humanidad, mediante la salvación propiciada por Su muerte y resurrección.
Al afirmar que Dios busca adoradores que le rindan culto en espíritu y en verdad, Jesús expresaba que el verdadero culto trasciende las palabras que brotan de nuestros labios. Consiste en que nuestro espíritu se conecte con el Suyo en los momentos en que comulgamos con Él y en adorar a Dios por lo que es, tal y como nos ha revelado en Su Palabra. [1]
Poner nuestra fe en Cristo no consiste en esforzarnos más; significa dejar de confiar en nosotros mismos y descansar en él. - Timothy Keller
[1] Áncora Un corazón devoto a la adoración