Una disciplina que merece la pena practicar
Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve. (Lucas 22:27 RVA-2015)
Jesús manifestó claramente que sea cual sea tu prestigio espiritual, el puesto laboral que ocupes, el capital que poseas o cualquier otra cosa que según tu percepción o la de otras personas te otorgue superioridad sobre los demás, todo eso ha de hacerse a un lado al servir al prójimo. “El que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor” Jesús nos invita a no fijarnos tanto en el rango y la autoridad y señala que la grandeza a los ojos de Dios se halla sirviendo a Dios y a nuestros semejantes movidos por el amor y la humildad.
La persona que sirve por amor a Dios y al prójimo no busca gratificación externa. No necesita que otros se enteren. No pretende el aplauso y la gratitud de los demás. Se contenta con servir anónima y humildemente. No distingue entre servicio pequeño y grande.
Encuentra placer en el servicio mismo. No discrimina; no aspira a servir a los nobles y poderosos, sino a todos los que padezcan necesidad, comúnmente los humildes y los indefensos. Es abrigar un deseo de servir, de ayudar cuando sea y donde sea necesario. Es demostrar de manera palpable amor e interés sincero por los necesitados.
«Sobrelleven los unos las cargas de los otros, y cumplan así la ley de Cristo». El amor se cumple cuando unos sobrellevamos los dolores y sufrimientos de los otros, llorando con los que lloran. Aprender a servir al prójimo con amor y humildad, como hizo Jesús, sin otro interés que glorificar al Padre, y comprometernos a ello, es una disciplina que merece la pena practicar. [1]
¿Quién es nuestro prójimo? Aquel que está cerca de nosotros, pero a quien aún no hemos notado, y que espera de nosotros un gesto de confianza, de estima y de amistad. - Jean Cardonnel
[1] Áncora El servicio