Sed imitadores míos, así como yo lo soy de Cristo. (1 Corintios 11:1)
Ningún cristiano es perfecto: todos cometemos errores, todos pecamos y ninguno refleja completamente el espíritu de Cristo ni lo logrará en esta vida. Nuestro objetivo es permitir al Espíritu Santo obrar en nuestro interior, transformar nuestros pensamientos, metas, deseos, nuestra vida entera, a fin de ser mejores imitadores de Cristo.
El carácter cristiano se basa en nuestro concepto de Dios y lo que representa: que nos ha hablado a través de Su Palabra, que sostenemos una relación con Él, que nos hemos consagrado a Él y, por tanto, deseamos modelar nuestra vida —activamente— según lo que nos ha revelado en la Biblia.
El carácter cristiano nos exige que optemos, con plena conciencia, por que el Espíritu Santo transforme nuestro carácter. Ello implica tomar una y otra vez las decisiones morales acertadas hasta que obrar como corresponde, de manera que agrade a Dios, nos resulte de lo más natural y llegue a ser parte intrínseca de nuestra persona. Luego de haber formado día a día y año tras año tu carácter espiritual, al verte frente a un dilema moral de envergadura tienes la capacidad de sortearlo, ya que te adiestraste para actuar en consonancia con Dios o a semejanza de Cristo.
En cierto sentido, habrás desarrollado músculos morales; habrás reprogramado tu cerebro o renovado tu alma para que procedan de tal manera que glorifique a Dios. Cultivas ciertos atributos que reflejan a Cristo, como son el perdón, la generosidad, la humildad y la gratitud, y cuando a menudo se opta por perdonar, ser generoso, humilde y agradecido, al poco tiempo uno acaba interiorizando esas cualidades y asimilándolas hasta la médula. He ahí el proceso de desarrollo de un carácter que esté en armonía con Dios. [1]
¿Cómo le concedemos la gloria a Dios? La Biblia nos responde brevemente: Pareciéndonos cada vez más a Jesucristo. Sinclair Ferguson
[1] Áncora Cultivar un carácter cristiano, 1ª parte