Cultivar el autocontrol
Y todo aquel que lucha se disciplina en todo. Ellos lo hacen para recibir una corona corruptible; nosotros, en cambio, para una incorruptible. (1 Corintios 9:25 RVA-2015)
En el sentido en que se lo describe en la Escritura, el autocontrol puede definirse entonces como poseer la fortaleza interior de carácter que nos capacita para dominar nuestras pasiones y deseos, y al mismo tiempo para ejercer un buen juicio en lo tocante a nuestros pensamientos, emociones, actos y decisiones. El sano juicio nos permite determinar el modo de actuación acertado, la reacción adecuada ante una situación.
El camino para cultivar el autocontrol parte por reconocer que existen aspectos de nuestra vida en que no logramos dominarnos y que si tuviéramos más autodisciplina viviríamos en más estrecha armonía con la Palabra de Dios. El siguiente paso es presentar esa flaqueza al Señor en oración pidiéndole que nos transforme. De ahí acompañamos de acción esas oraciones practicando el dominio propio, ya sea negándonos a hacer aquellas cosas que sabemos que no debemos hacer o accediendo a hacer aquellas cosas que sabemos que debemos hacer.
Cultivar el dominio propio es labor de toda una vida, un proceso en el que a veces avanzamos dos pasos y retrocedemos uno. Requiere oración a medida que nos empeñamos en modificar aspectos que no se avienen a la Palabra de Dios. No obstante, cuanto más adoptamos una actitud clara contra nuestro pecado, más se fortalece nuestra voluntad. Cuanto más procedemos a hacer cosas que son buenas, aunque a veces nos cueste, más fuerzas tendremos para seguir haciéndolas. Incrementar nuestro autocontrol ayuda a liberarnos de la tiranía de los excesos y nos habilita para ser más como Jesús. [1]
El dominio propio consiste en el empleo de la fortaleza interior combinado con un buen criterio que nos posibilita pensar, hacer y decir las cosas que agradan a Dios. - Jerry Bridges
[1] Áncora Vivir más a tono con Dios: Dominio propio