Jamás estoy distante
Tú, Señor, estás cerca de quienes te invocan, de quienes te invocan con sinceridad. (Salmos 145:18 RVC)
Te conozco perfectamente. Conozco tus dones, tus habilidades, tus puntos fuertes. También estoy al tanto de tus imperfecciones, idiosincrasias y peculiaridades, que conforman tu singular personalidad. Sé de las debilidades que persisten en ti y que no logras superar, y de todos esos rasgos tuyos que te molestan. Conozco todas las peticiones de tu corazón, tus más íntimos anhelos. Nada me es oculto.
Me importa cada uno de tus pesares y desilusiones. Me importa cómo te sientas. Me importa lo que pienses. Me importan tus dificultades y penalidades. Me importan tus dolencias. Me importan los bienes materiales que te hacen falta. Me importan tus batallas espirituales. No hay un solo detalle de tu vida que no me interese.
Cada vez que alzas los ojos a Mí, allí estoy. Oigo tus oraciones, y me lleno de compasión. Jamás me canso de escucharte. Jamás estoy distante. Nunca estoy muy cansado u ocupado para atenderte. Jamás me doy la vuelta y me aparto. Nunca duermo. Nunca coloco en la puerta un cartel rogando que nadie me moleste. A veces no respondo como me pides o como te imaginas que lo haré; otras veces no alcanzas a ver la respuesta enseguida; pero siempre te oigo y te contesto. – Jesús [1]
Así como una planta sobre la tierra, así el hombre descansa en el seno de Dios; se nutre de fuentes inagotables y, cuando lo necesita, extrae un poder inagotable. — Ralph Waldo Emerson (1803–1882)
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