Jesús no los condena
Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. (Romanos 8:1–2 RV-1960)
Hay ocasiones en que la condenación nos pega muy duro, haciéndonos sentir que hemos fallado en algún aspecto importantecuando las cosas en el trabajo o en lo personal se ponen difíciles, o cuando se enfrentan con una batalla de la que no parecen poder salir, o cuando piensan que no están progresando lo suficiente hacia las metas que se han trazado en la vida.
Cuando uno se siente culpable, por lo general es porque se culpa de algo a sí mismo; se siente mal, culpable o con remordimiento porque hizo algo malo, o al menos porque piensa que lo hizo. Entregarnos a la condenación anula por completo la fe que nos hace falta para reclamarle al Señor la victoria, pues sentimos que no la merecemos y que por ende no tenemos derecho a pedir que se nos la conceda.
Tenemos un Dios estupendo que nos conoce muy bien y nos ama sin poner condiciones. No nos mide con una vara ni anota en una gráfica nuestro progreso; más bien, se regocija cada vez que damos un paso para seguirlo y le encanta el amor que le profesamos, es así de simple. De modo que si han estado combatiendo la condenación o el fracaso, ¡no se preocupen! Él sabe que no podemos ser perfectos, que nunca lo seremos.
En cualquier caso, ¡no cedan ante la condenación! Jesús no los condena, así pues, no dejen que el Enemigo los condene. Niéguense de plano a aceptar la condenación. Siempre que estén dispuestos a seguir adelante, encomendando a Jesús sus caminos, no fracasarán. En tanto que luchen, están haciendo progresos. [1]
El Evangelio nos da la libertad de confesar nuestros pecados sin temor a ser condenados. - Michael Horton
[1] Áncora Ninguna condenación