Jesús predicó y practicó la humildad

Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia.»  (Colosenses 3:12 RVR95)

En el mundo antiguo de los griegos y los romanos, la humildad se consideraba un rasgo negativo. La cultura del honor y la vergüenza que imperaba por entonces exaltaba el orgullo, mientras que la humildad era vista como indeseable.

No obstante, Jesús redefinió la humildad. Él, que era el Hijo de Dios, se humilló a Sí mismo asumiendo forma humana. Con ello enseñó que si Él mismo, pese a lo enaltecido que era, exhibió humildad, los creyentes también debíamos emular esa disposición. Sus seguidores de la iglesia primitiva, basándose en las enseñanzas y el ejemplo que Él dio, aprendieron a tratar la humildad como una virtud, una importante virtud moral, y un rasgo fundamental del carácter cristiano.

Jesús no solo predicó sino también practicó la humildad: «¿Cuál es mayor, el que se sienta a la mesa o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Pero Yo estoy entre vosotros como el que sirve.» «Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Los diccionarios definen la humildad de diversas formas; por ejemplo, actitud que nos libera del orgullo y la arrogancia, no considerarse mejor que los demás, tener un concepto modesto o bajo de la propia importancia. La percepción cristiana de la humildad cobra un sentido más profundo, puesto que se basa en nuestra relación con Dios.

Dado que el Señor nos ama incondicionalmente, podemos ser sinceros con Él y con nosotros mismos en cuanto a nuestros puntos fuertes y puntos débiles. Al fin y al cabo, ninguno de los dos altera el amor que Dios abriga por nosotros. [1]

La humildad no es un rasgo de carácter que se pueda desarrollar, es el resultado natural de estar con Jesús. - Louie Giglio

 

[1] Áncora Una actitud de humildad

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