Los pequeños actos de consideración
Den, y se les dará … Porque con la medida con que miden se les volverá a medir”. (Lucas 6:38 RVA-2015)
Mi hijo —que en aquella época tenía 3 años— estaba haciendo un juego educativo en la computadora cuando su hermana —entonces de 6— reclamó que la dejara jugar también a ella un rato. La respuesta del más pequeño fue típica: Yo llegué primero.
Me di cuenta de que ese es un principio muy aceptado en la sociedad, eso de que el que llega primero tiene más derechos por la sencilla razón de que llegó antes. El que pisa por primera vez una isla virgen tiene derecho a tomar posesión de ella. El que primero encuentra una mina de oro o un yacimiento petrolífero puede reclamar propiedad del mismo.
En el caso de mis hijos, yo les enseño que si uno lleva media hora jugando en la computadora, ya es hora de que le deje un turno al siguiente. Pero menudo caos se produciría si aplicáramos ese principio a todo aspecto de la sociedad. Sería insólito que un propietario dijera: «He disfrutado de estas tierras durante un buen tiempo; ya es hora de que se las deje a otro».
Este ejemplo es un tanto extremo, pero ¿qué hay de los pequeños actos de consideración? ¿Con qué frecuencia las personas que van sentadas en el bus o en el metro ceden su asiento a los que acaban de subir, simplemente porque parece que lo necesitan? ¿Es mucho pedirnos que hagamos esos pequeños sacrificios?
Sin embargo, Dios desde un principio quiso que fuéramos generosos y altruistas, y con Su amor podemos serlo. Si practicáramos esa clase de amor, el mundo sería bien distinto. [1]
«Recuerda que el mundo no es un patio de recreo, sino un aula. La vida no es unas vacaciones, sino una enseñanza. Una lección eterna para todos nosotros: enseñarnos a amar mejor». - Barbra Jordan
[1] Conéctate Yo llegué primero