Porque nuestra momentánea y leve tribulación produce para nosotros un eterno peso de gloria más que incomparable. (2 Corintios 4:17 RVA-2015)
Sabemos que Dios nos ha puesto aquí para que lo amemos y para que amemos a los demás1. No obstante, cuando nos enfrentamos a las experiencias singulares que nos toca vivir en nuestro tránsito por este mundo, a ratos puede resultarnos difícil encontrarle sentido a todo lo que nos sobreviene.
Opino que en nuestra vida una de las cosas más importantes es adquirir experiencia a partir de todo lo que nos sucede. Esa experiencia, sumada a los consejos de Dios, es fuente de conocimientos, comprensión y sabiduría en el Espíritu Santo. Cuando de crecer y madurar se trata, no hay atajos.
Contamos con un Solucionador que nos guía por buenos caminos si lo seguimos; pero si Él cortocircuitara toda experiencia difícil y nos librara de esos trances solo porque podrían resultarnos dolorosos o traumáticos, nos privaría de la oportunidad de beneficiarnos al máximo de las enseñanzas de la vida.
Él, por el amor que nos profesa, sabe exactamente cuáles son las experiencias que necesitamos para aprender y madurar, no solo en el momento, sino también en el contexto de la eternidad. Yo le creo cuando dice que no permitirá que nos sobrevenga ninguna tentación que no podamos soportar. Es el Dios del universo. Si hay alguien que sabe lo que más nos conviene y es capaz de moldear nuestra vida de manera que saquemos el máximo provecho de nuestras experiencias, es Él. Sin lugar a dudas sabe lo que nos hace falta mucho mejor que nosotros mismos, que tenemos una perspectiva limitada y finita. [1]
Cada experiencia en que plantamos cara a nuestros temores nos infunde fuerzas, valor y seguridad. - Eleanor Roosevelt (1884–1962)
[1] Conéctate Más que vencedores