Nos instruyó a perdonar
Perdonándose unos a otros como Dios también los perdonó a ustedes en Cristo. (Efesios 4:32 RVA-2015)
Hay perjuicios deliberados. Se nos agrede física, verbal o emocionalmente. Alguien nos roba, tal vez engañándonos adrede de modo que resultamos estafados o perdemos dinero, bienes y demás. Nos traiciona un ser querido, sea cónyuge, familiar o amigo de confianza. Algunas ofensas que sufrimos son de poca monta, pero a la larga cobran importancia si se repiten una y otra vez.
El perdón no es negar el daño o el agravio que nos haya hecho alguien. No es justificar por qué nos agraviaron ni tampoco minimizar la gravedad de la ofensa. No quiere decir que la herida ya no duela o que quede en el olvido. El perdón no es recobrar automáticamente la confianza. No es desconocer o desatender la justicia, ya que a veces hay que afrontar consecuencias aun después del acto de perdón. No significa una sanación emocional instantánea.
El perdón observa el perjuicio que se nos ha hecho, admite que nos ha lastimado y decide entonces perdonar, que en realidad es la decisión de iniciar el proceso de perdonar. Entraña reconocer que la herida fue personal, injusta y profunda, y optar por desprenderse de los sentimientos negativos que abrigamos hacia alguien que nos ha herido, de forma que la herida ya no nos afecte.
Jesús —por Su ejemplo y Su enseñanza— hizo hincapié en el perdón. Nos instruyó para que perdonáramos y no hizo para ello ninguna salvedad. Si deseamos ser más como Jesús debemos perdonar a otros las ofensas que hayan cometido contra nosotros. [1]
El perdón libera el alma, quita el miedo. - Nelson Mandela
[1] Conéctate El llamado a perdonar