Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a Su propósito son llamados. (Romanos 8:28 RV1960)
Todos hemos pasado por momentos sombríos. Todos hemos sufrido tragedias o aprietos que difícilmente habríamos podido evitar. Esas desgracias tanto pueden volvernos más dulces como amargarnos, según cuál sea nuestra reacción. Quienes no son capaces de ver el aspecto positivo de las dificultades generalmente se resienten, y así se acarrean aún mayores desdichas.
Descubrir el lado bueno de una mala situación no es un mero ejercicio de optimismo; no solo es una buena idea, sino que es vital para nuestra salud emocional y espiritual. Si no somos capaces de aceptar que en algún capítulo de nuestra vida Dios puede haber escrito derecho con renglones torcidos, seguramente jamás lograremos perdonar de lleno y olvidar esas cosas; y eso puede conducirnos al resentimiento.
Por esa razón es esencial que no evoquemos solo lo malo de los sucesos que nos han ocurrido, por muy terribles que fueran. Aunque el recuerdo que algo nos ha dejado sea desagradable o quizás hasta doloroso, si le pedimos a Dios que nos enseñe de qué forma se propone valerse de ello para nuestro beneficio, Él puede librarnos del resentimiento y de la inquina y brindarnos hermosas victorias.
¿Puede haber mayor triunfo que sacar algo bueno de lo malo? Esa es la mejor forma de superar las heridas del pasado; no mediante el resentimiento ni con pensamientos revanchistas, sino permitiendo que Dios nos haga personas más dulces a través de esas amargas experiencias. [1]
Dios no solo quita la amargura y la reemplaza por dulzura, sino que convierte la amargura misma en dulzura. - Charles Spurgeon
[1] Conéctate ¿Amargura o dulzura?