Sé coherente

Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. (1 Juan 3:18)

Del dicho al hecho hay largo trecho. Pero si las palabras no se traducen en actos, se tornan vacías e inútiles.

De pequeño me gustaba mucho corregir y sermonear a mis familiares y amigos. Pero la mayoría de las veces ellos reían al último, pues a menudo yo acababa haciendo todo lo contrario de lo que los había instado a hacer. En más de una ocasión me dijeron: Tienes que aprender a escuchar tus propios consejos.

Jesús ejemplificó la importancia de ser consecuentes con lo que decimos en la conocida parábola de los dos hijos. «Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero le dijo: “Hijo, vete hoy a trabajar en mi viña”. Respondiendo él, dijo: “¡No quiero!” Pero después, arrepentido, fue. Y acercándose al otro le dijo lo mismo; y respondiendo él, dijo: “Sí, señor, voy”. Pero no fue.» (Mateo 21:28-30)

Si bien el hijo mayor desobedeció verbalmente al principio, más adelante tuvo un cambio de actitud y obedeció las órdenes de su padre. En cambio, la palabra del segundo hijo que prometió obedecer a su padre, no tenía ningún valor, puesto que no la cumplió.

El secreto para asegurarte de que tus palabras coincidan con tus acciones y de que reflejes la luz de Dios a las personas que te rodean es sencillo: Sé coherente. Predica con el ejemplo. Verifica cuáles son tus convicciones y principios, y llévalos a la práctica todos los días. [1]

Nuestras acciones cuentan mucho más que nuestras palabras, ¡siempre! - George Mueller

[1] Conéctate Predicar con el ejemplo

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