«Señor, acuérdate de mí»

Nos salvó, no en virtud de obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a su misericordia. (Tito 3:5a RVR1977)

La Pascua nos recuerda por sobre todas las cosas que la salvación —el inefable don de paz con Dios en esta vida y en la venidera— no es algo que podamos conseguir con lo que hagamos, sino que se nos entrega ya hecho.

«Hoy estarás conmigo en el paraíso», le dijo al ladrón colgado de la cruz adyacente. No había nada que el ladrón pudiera hacer en aquella situación, nada que pudiera alterar su pasado y desde luego tampoco su futuro, pues estaba siendo ejecutado por sus crímenes. No obstante, sí había algo que podía pensar y decir: «Acuérdate de mí cuando llegues a Tu reino». Le bastó con una declaración de fe.

Eso debería enseñarnos algo. Ninguno de nosotros pasa el examen. Si la reconciliación con Dios dependiera de nuestra conducta, nadie la alcanzaría. Lo fabuloso del asunto es que no es necesario aprobar el examen.

El Hijo de Dios adoptó la vida de un ser humano, vivió entre nosotros, escuchó, observó, tocó, sanó. El amor que tuvo por nosotros fue tan grande que aunque sabía lo que estaba a punto de sufrir, se dejó apresar, golpear, azotar y finalmente clavar a una cruz.

Por mucho que nos sintamos incapaces y tengamos miedos y preocupaciones, remordimientos y sentimientos de culpa, cuando rogamos: «Señor, acuérdate de mí», Él lo hace. Dejemos a un lado nuestras inquietudes y afanes y pasemos el día de hoy en Su compañía.

Oración: Jesús, creo que eres el Hijo de Dios, que moriste en la cruz en mi lugar y resucitaste de entre los muertos. Por favor, concédeme el don de tu perdón, para que pueda vivir para siempre en paz contigo. Amén.

[1] Conéctate No es preciso aprobar el examen

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