Su dolor se transformó en alegría

Ahora están tristes, pero cuando vuelva a verlos se alegrarán, y nadie les va a quitar esa alegría. (Juan 16:22 NVI)

Los discípulos de Jesús conocieron la aflicción y el luto. Vieron a Jesús crucificado y Su cuerpo que yacía en una tumba. De un día para otro lo habían perdido. Al menos eso debieron creer. Desde luego que fueron puestos a prueba durante los tres años que estuvieron a Su lado. Pero la prueba que afrontaron después de Su muerte debió de ser una de las más difíciles.

Cuando crucificaron y colocaron a Jesús en la tumba se llenaron de dudas. Habían visto al Maestro levantar milagrosamente a los muertos y no obstante, Él mismo yacía allí.

María Magdalena los encontró en aquel estado de abatimiento y melancolía aquel domingo de Pascua. Cuando vino corriendo con las nuevas de que había encontrado la tumba vacía y que un ángel le había dicho que Jesús había resucitado, al principio no la creyeron. Fue necesario que Pedro y Juan lo comprobaran con sus propios ojos.

Cuando Jesús se manifestó a los discípulos, se dieron cuenta de que no estaba simplemente vivo. Además, podía hacer cosas asombrosas como aparecer y desaparecer, incluso con las puertas cerradas.

Por medio de esta y otras numerosas señales, Jesús convenció a Sus afligidos seguidores de que en realidad había resucitado. Su dolor se transformó en alegría, tal y como les había prometido. [1]

El gran regalo de la Pascua es la esperanza: la esperanza cristiana que nos hace tener esa confianza en Dios, en Su triunfo definitivo y en Su bondad y amor, que nada puede quebrantar. - Basil Hume

[1] Áncora Superar la pena en momentos de pérdida

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