Amándonos unos a otros
Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. (Juan 15:12)
Hace poco, en una entrevista que un periódico de la ciudad suele publicar con figuras de la política y la cultura, le plantearon a una conocida artista visual la pregunta: «¿Se ha liberado usted de alguna creencia?» Con el corazón en la mano, ella contestó que si bien fue criada en el ateísmo y hoy se considera agnóstica, cuando observa la dinámica de amor y unidad que existe entre la gente de fe, empieza a cuestionar su incredulidad. Ahora piensa que hay algo trascendente en el amor.
Uno de los medios más potentes que tenemos los cristianos de reflejar a Dios es nuestro ejemplo de amor, bondad y genuina preocupación por nuestros semejantes. Cuantas veces no se ha dado el caso de alguien que, viendo a cristianos velar unos por otros y demostrarse amor de manera palpable, ha reflexionado: «Quizás este Dios del que hablan sí existe después de todo, y ese Jesús que adoran no es ningún cuento».
En este mundo plagado de divisiones y conflictos políticos, en el que la confianza entre los seres humanos anda tan devaluada, qué pujante testimonio puede ser para la gente ver a cristianos que se apoyan mutuamente, que brindan ayuda a un necesitado o compañía a un solitario, que se abstienen de criticar y destrozar a otros y, en cambio, se muestran amables, considerados, generosos, compasivos y respetuosos entre sí.
El amor de Dios es prodigiosamente eficaz y es capaz de derretir hasta los más duros corazones. Expresamos el amor de Dios por medio de nuestras acciones. Así, amándonos unos a otros, damos ocasión a Jesús de expresarse y brillar a través de nosotros. [1]
La mejor parte de la vida de un buen hombre son sus pequeños actos de bondad y amor, anónimos y olvidados. William Wordsworth
[1] Conéctate La clave: amarnos unos a otros