Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios, y a la paciencia de Cristo. – (2 Tesalonicenses 3:5 RVR1960)
John Calvin, una importante figura de la Reforma Protestante, afirmó sabiamente: «No damos lugar a la fe si esperamos que Dios cumpla de inmediato con lo que promete». Dios sin duda hace milagros, y Su poder se manifiesta de manera visible e incluso inmediata por todos lados en muchas situaciones. No obstante, casi todas Sus obras se realizan por medio de la abnegada labor de fieles discípulos que siguen Su guía y creen en Sus promesas, que son siempre conscientes de que no se debe a su espiritualidad, conocimientos o poder, sino que es Cristo quien obtiene los resultados cuando Él lo disponga.
El propio Jesús soportó pruebas de paciencia. No tuvo una vida protegida, sino que tuvo que afrontar grandes adversidades y dificultades, incluso el rechazo. No obstante, Su amor jamás falló y no desmayó por hacer el bien. Había recibido la promesa de que no sería en vano, igual que nosotros.
Nos esforzamos para permitir que nuestra luz brille en este mundo oscuro, manifestando paz y paciencia estando rodeados de estrés y confusión. Por lo tanto, en aquellos días en que me sienta con ganas de gritar mirando hacia el cielo: «¡¿Cuánto tiempo más, Señor?!», seguiré Su ejemplo y el de muchos otros que también lo hicieron, y recordaré que de modo alguno se debe a mi paciencia producto de mis propias obras. La Biblia nos indica que el amor es paciente, y que Dios es amor. Por lo tanto, todo es por medio de Él y por Su gracia puedo resistir un poquito más y manifestar Su amor, gracia y paciencia a quienes me rodean. [1]
La paciencia es una virtud tan difícil como necesaria, y tan difícil de alcanzar como valiosa cuando se logra. - Charles Spurgeon
[1] Áncora Paciencia, ¡¿pero hasta cuándo?!