Equitativo y justo
Pero ellos manifiestan su falta de juicio al medirse con su propia medida y al compararse consigo mismos. (2 Corintios 10:12 RVA-1995)
Comparar la propia suerte con la ajena es algo que casi todos hacemos de una forma u otra. Queremos ser mejores, más fuertes, tener más belleza y más dones. Las envidias y el espíritu competitivo son inherentes a la naturaleza humana, y en el caso de muchos también son hábitos muy arraigados.
Es importante tener en cuenta que el Señor obra de forma diferente en el caso de cada persona. A veces lo que es bueno para alguien no le conviene a otro. Por eso, no se pueden hacer comparaciones ni puede uno preguntarse por qué a algunos las cosas les resultan tan fáciles mientras que a otros no. El Señor es equitativo y justo y, lo que es más importante, todo lo hace con amor. Al final lo compensa todo, pues Él sabe lo que más nos conviene y en todo momento tiene en cuenta nuestro bienestar.
Todos somos una parte necesaria del amplio y magnífico designio general de Dios. Desde nuestra perspectiva, no logramos visualizar la totalidad de la trama de la vida ni el equilibrio del universo. Sin embargo, un día de estos veremos lo perfecto que es. Entonces entenderemos los motivos por los que nos hizo tal como somos, y se lo agradeceremos.
Él nos creó a todos con rasgos diferentes. No hay nadie en el mundo que sea exactamente igual a ti o a mí. Cada uno de nosotros es una creación singular. Él nos ama y nos hizo tal como somos por un buen motivo. Está contento con el resultado, y nosotros también deberíamos mostrarnos contentos y agradecidos. [1]
Compararse desfavorablemente roba la alegría y distorsiona la verdad. Comparar así es como si dijera: «No estoy preparado para la tarea encomendada». La verdad es que Dios me ha dado todo lo que necesito para los planes que ha puesto delante de mí. La verdad de Su Palabra dice que nos preparó para buenas obras, y que todo lo bueno proviene de Él. - Anónimo
[1] Áncora Librarse de la envidia