Seguiría encarcelado

Yo soy, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí, y no me acordaré más de tus pecados. (Isaías 43:25 RVA-2015)

Para los creyentes, tomar decisiones es un proceso relacional en el que interviene Dios. Descargamos sobre Él nuestras ansiedades sabiendo que Él cuida de nosotros1 y quiere estar presente y participar en nuestras decisiones. Optar por hacer lo que agrade y honre a Dios es una forma de demostrarle que lo amamos con todo nuestro corazón, cuerpo, alma y mente.

Naturalmente, una de las consecuencias del libre albedrío es que todos somos susceptibles de tomar malas decisiones que a veces tienen graves repercusiones. Y ¿cómo debemos responder a las personas que nos hacen daño? Dios nos manda perdonarlas: «Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo».

La Biblia dice que Dios no se acuerda de nuestros pecados. Nos trata como si nunca los hubiéramos cometido. En el caso nuestro, el acto de perdonar significa que, si bien nos acordamos de los asuntos que nos han dejado heridas, optamos por vivir como si no nos hubieran hecho daño.

Inspiradora en ese sentido es la frase con que el estadista sudafricano Nelson Mandela describió sus pensamientos cuando quedó libre después de pasar 27 años en la cárcel por oponerse al apartheid: «En el momento en que atravesaba la puerta que me conducía a la libertad comprendí que si no dejaba atrás mi rencor y mi odio seguiría encarcelado». [1]

Sin perdón, la vida se rige por un ciclo infinito de resentimiento y represalias. - Roberto Assagioli (1888–1974)

[1] Conéctate La decisión de perdonar

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