Escuchar los susurros de Dios
Oh SEÑOR, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré ante ti
y esperaré. (Salmos 5:3 RVA-2015)
Me he dado cuenta de que los días que inicio con Dios son los mejores. Él es como una buena taza de café: aspiro profundamente el aroma, paladeo su sabor, disfruto del calorcito que me da en una fría mañana y me rindo ante sus bondades, que me proporcionan estímulo para emprender la jornada.
Cuando empiezo el día con Dios, tengo la seguridad de que Él está conmigo, de que está de mi parte, escucha mis oraciones y las responderá. Es fantástico tener esa tranquilidad.
Cuando lo busco a primera hora, Su presencia luego tiende a permanecer conmigo el resto del día, y soy más consciente de Su cercanía y de Su capacidad de guiar mis pensamientos y acciones para que sean lo más provechosos posibles. Una vez establecida la conexión es más fácil tenerlo presente a lo largo de la jornada.
La quietud de la mañana —antes que el ajetreo cotidiano nos inunde la mente— es ideal para escuchar los susurros de Dios al oído de nuestra alma. A Él le encanta escucharnos cuando oramos, pero también le gusta comunicarnos respuestas. Puede darnos sabiduría, inspiración, ideas y paz también. Si tenemos necesidad de algún consejo práctico, de una mejor perspectiva sobre algún asunto espiritual o simplemente de paz interior, vale la pena que nos tomemos un rato para buscarlo, escucharlo y llegar a conocerlo mejor. [1]
Levantémonos temprano y salgamos a su encuentro. El hombre que tiene a Dios como meta por la mañana tendrá a Dios como compañía por la tarde y como canto al atardecer. – A. W. Tozer
[1] Áncora La cafeína de la vida