La humildad nos libra de preocuparnos
Revístanse todos de humildad en su trato mutuo, porque “Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes”. Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él los exalte a su debido tiempo.» (1 Pedro 5:5-6)
La humildad reside en medio de esos extremos. Reconocer que somos valiosos para Dios, que nos ama, nos creó y nos ha dotado de dones y habilidades puede servir para evitar que nos despreciemos y que tampoco nos creamos el centro del universo, que somos mejores y más dotados que los demás.
La humildad nos libra de preocuparnos por el prestigio o categoría, rasgos físicos o atractivo, éxito o fracaso y muchas otras ansiedades que acarrean el orgullo y el afán por estar a la altura de los demás.
La Biblia pondera repetidamente la humildad y expone la actitud positiva que Dios tiene hacia ella. La honra precede la humildad; bienaventurados los mansos, porque recibirán la tierra por heredad; Dios salvará al de mirada humilde y da gracia a los humildes.
Pese a que Jesús tenía el mismo carácter y preponderancia inherentes y el mismo rango o categoría que Dios, hizo todo eso a un lado y asumió la condición de siervo encarnándose en un ser humano. Aunque hubiera podido reclamar poder y gloria, como se evidencia cuando el Diablo lo tentó en el desierto, Jesús prefirió rebajarse y se humilló hasta el punto de prestarse a ser cruelmente torturado y ejecutado como delincuente común, todo por amor a nosotros.
Gracias a lo que hizo, Dios lo «exaltó sobre todas las cosas.» Si deseamos imitar más a Jesús, nos esmeraremos por revestirnos de humildad, y si lo hacemos, resultaremos bendecidos por el Señor. [1]
Fue el orgullo lo que convirtió a los ángeles en demonios; es la humildad lo que hace a los hombres como ángeles. - San Agustín
[1] Áncora Una actitud de humildad