¿Por qué nos afanamos e inquietamos?
Confíen en el SEÑOR para siempre, porque el SEÑOR es la Roca. (Isaías 26:4 RVA-2015)
Una niña asustada que agarraba con fuerza la mano de su papá. No dejaba de rogarle que no la soltara. —Papi, por favor, no me sueltes la mano —repetía una y otra vez. Su padre finalmente se detuvo, se puso en cuclillas y la miró fijamente a los ojos. Con tono firme y amoroso le dijo que nunca la soltaría, que mientras ella quisiera quedarse cerquita de él, siempre la guiaría y caminaría a su lado.
He tenido que afrontar muchas decisiones importantes; pero siempre que me toca luchar contra el miedo a las consecuencias, a cometer un error o a descaminarme, invariablemente me viene a la memoria esa ilustración.
Es natural que la vida esté llena de errores y resbalones; a veces doblamos a la izquierda cuando deberíamos torcer a la derecha. Pero siempre podemos regresar con Dios y volver a hallar nuestro camino. Él ha prometido que nunca nos dejará ni nos abandonará.
En los senderos escarpados y solitarios de montaña, Él es nuestro compañero. En nuestra marcha por el desierto, cuando estamos sedientos, soportando la aridez de la vida, y nos preguntamos si llegaremos a encontrar un oasis, Él nos va acercando a nuestra meta paso a paso. Cuando nos abrimos camino entre las multitudes y la confusión del día a día y nos vemos obligados a hacer frente a interminables interrogantes, luchando contra el agotamiento y el desánimo, Él permanece a nuestro lado y nos dice: «Aquí estoy. Habla conmigo. Cuéntamelo todo».
¿Y pongamos que nos caemos, la embarramos, metemos la pata? ¿Acaso nos da por imposibles? Claro que no. Entonces, ¿por qué nos afanamos e inquietamos? [1]
El amor de Dios refleja Sus principios eternos y absolutos. Es un amor eterno, como lo es Él: más perdurable que el tiempo, más ancho y profundo que las incalculables dimensiones del cosmos. Él mismo nos dice: «Con amor eterno te he amado; por eso te sigo con fidelidad». - David Jeremiah
[1] Conéctate Dios nunca nos abandona