Leales son las heridas que causa el que ama, pero falsos los besos del que aborrece. (Proverbios 27:6)
La primera vez que leí eso me quedé atónita. Pensaba que la amistad era decir solamente cosas positivas, y nunca criticar ni corregir a nadie. Pero me di cuenta de que podía beneficiarme de un buen regaño de alguien que sé que me quiere, de amigos bienintencionados, de mi marido, mis hermanos y hermanas y mis propios hijos ya adultos.
He aprendido que para madurar espiritualmente necesitamos aportes de aquí y de allá, y que debemos escuchar los buenos consejos y considerarlos con detenimiento en lugar de rechazarlos por orgullo. También podemos aconsejar a nuestros seres queridos para que no sigan por caminos que sabemos por experiencia que solamente los llevarán a la derrota y la desilusión.
Cuando vamos conduciendo es mucho más fácil ver las luces de los demás autos que las del nuestro. Lo mismo se aplica a nuestros defectos y debilidades. Los amigos fieles nos ayudan a tomar conciencia de esas cosas y mejorar. Así vamos madurando espiritualmente y nos convertimos más en lo que Dios sabe que somos capaces de ser. Además con el tiempo nos sentimos más felices y realizados, como cuando uno aprueba los exámenes en el colegio y pasa al siguiente curso.
Por eso, cuando algo te salga mal, no te hundas en la desesperación. Siempre se puede mejorar. A Dios le encanta darnos una segunda oportunidad. Lo importante es aprender de nuestros errores, pasar de curso y seguir adelante. [1]
No seas tan tímido y escrupuloso en tu manera de actuar. Toda la vida es un experimento. Cuantos más experimentos hagas, mejor. - Ralph Waldo Emerson (1803–1882)
[1] Conéctate Rasgones y remiendos