Vivir con esperanza
Oh alma mía, reposa solo en Dios, porque de Él es mi esperanza. (Salmo 62:5)
Si bien cabe decir que las pruebas y apremios que enfrentamos día a día inevitablemente nos demandarán una importante cuota de tiempo y atención, albergar esperanzas puede mantener nuestros pensamientos y nuestro corazón enfocados en el Señor y en el espléndido futuro que nos espera con Él. Esa esperanza puede infundirnos la valentía y la fortaleza para mantener una actitud positiva y de alabanza a través de las pruebas, adversidades y altibajos que afrontemos.
Traer frecuentemente nuestra esperanza a la memoria, el conocimiento de que somos salvos, de que el Espíritu de Dios mora en nosotros, que Jesús se sacrificó para que pudiéramos entablar relación con Dios, que cada día está presente en nuestra vida y que tenemos garantizada la eternidad con Él, debería afectar nuestro modo de concebir y apreciar la vida.
Vivir con esa esperanza nos hace saber que la conclusión o desenlace eternos serán gloriosos, lo que nos posibilita enfrentar mejor los avatares de la vida. Recordar con regularidad la certeza de nuestra salvación y lo que significa para nuestra eternidad, nos puede dar un enfoque más positivo de las circunstancias en que nos encontramos. Dios nos ha salvado maravillosamente, y pasaremos la eternidad en amor, dicha y paz con Él.
Ojalá vivamos siempre conscientes de la esperanza que abrigamos en Cristo y se la impartamos a los demás, así como Jesús nos la impartió a nosotros. [1]
Un cristiano se desprenderá de cualquier cosa antes que de su esperanza; sabe que la esperanza evitará que el corazón sufra y se rompa, que se desmaye y se hunda; sabe que la esperanza es un rayo de Dios, una chispa de gloria, y que nada la extinguirá hasta que el alma se llene de gloria. — Thomas Brooks
[1] Áncora Una perspectiva esperanzadora