Tenemos mucho que celebrar

Pero nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo mortal en un cuerpo glorioso semejante al suyo. (Filipenses 3:20-21a RVR1995)

La resurrección de Jesús fue la primera fase de la nueva creación de Dios. Con ese acto Dios instituyó un nuevo género de existencia: un cuerpo humano se transformó mediante el poder divino en uno sobre el cual la muerte, la descomposición y la corrupción no tienen incidencia.

El cuerpo glorioso de Jesús no se resentía de la tortura que había sufrido: la espalda desgarrada por los azotes; la cabeza ensangrentada por la corona de espinas; las manos, los pies y el costado atravesados. No estaba lleno de magulladuras ni exhausto por todo lo que había aguantado.

El cuerpo glorioso de Jesús no era espiritual, sino físico. Sus discípulos podían tocarlo. En ese estado Él los instruyó, anduvo con ellos, cocinó para ellos y comió con ellos. En una ocasión estuvo con 500 de ellos. Luego de 40 días, ascendió al Cielo.

Esperamos con ilusión el momento en que Jesús regrese y reviva nuestro cuerpo. Por ser imperecederos, nuestros cuerpos no tendrán las debilidades que ahora los aquejan. No se verán afectados como ahora por la edad, las enfermedades y el cansancio.

Siendo nosotros parte de la nueva creación, el Espíritu de Dios nos transforma y nos ayuda a asumir la mente de Cristo. Así vamos desarrollando y manifestando algunos de los atributos de Dios, a medida que crecemos en amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio. Por eso tenemos mucho que celebrar: que Dios habita en nosotros y nos ayuda, nos guía y nos renueva; que somos parte de Su nueva creación.

En esos cuerpos gloriosos veremos claramente plasmada la humanidad tal como Dios la concibió. - Wayne Grudem

 

[1] Conéctate La nueva creación

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Su dolor se transformó en alegría